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ACEPTAR LO DE JESÚS
XXI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A


A propósito de ‘volver a la escuela’ voy aprendiendo que no debo hablar de más, ni de menos; que cada palabra debe ser dicha a tiempo y modo; que lo que digas puede ser usado en tu contra; que ‘el pez muere por su propia boca’... He anotado todo esto en mi ‘tablet’ escolar y en el disco duro de la vida. Espero dar buenas cuentas y no terminar desgastado en tribunales.

El domingo pasado Pedro hizo afirmaciones que le superaban y comprometían su futuro. ¿Sabría lo que decía al confesar su fe en Jesús, Mesías e Hijo de Dios? Hay expresiones impactantes que, de pronto, pueden ocultar lo que hay detrás. Es necesario desmenuzar su contenido para vislumbrar el horizonte y acatar las implicaciones. Pedro tuvo que ir aceptando que Jesús le abriera los ojos para que viera bien lo que decía. De eso trata el texto del Evangelio que escuchamos este domingo.
Pedro ha pronunciado las grandes palabras; ahora tiene que ‘aprender la letra pequeña’ que le explica Jesús. Al principio le parece impensable que subir a Jerusalén (era galileo), padecer, ser entregado y morir entren en el ‘paquete’ de su confesión de fe. No comprende que aceptar a Jesús y lo de Jesús tiene algo que ver con la cruz. “Otro te llevará a donde no quieras ir…” va a resonar en su memoria cuando vea clavos y escuche/sienta el martilleo del sufrimiento. Esto será parte del largo aprendizaje del discipulado.

“El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga”, dice Jesús viendo al horizonte, mirando con compasión a los discípulos del futuro. Su invitación pudiera sonar (a los oídos de nuestros contemporáneos) fuera de tiempo, atrevida, sin mercado... Sin embargo, tomarla ‘al cien’ es indispensable para vivir plenamente. Se trata de aceptar la vida de cada día (decisiones, personas, acontecimientos, broncas, sueños, heridas, todo, absolutamente todo) y vivirla desde la perspectiva de Jesús.

Pablo, años después, enseñará a los cristianos de Filipo que “tengan los mismos sentimientos de Cristo” en toda circunstancia. La cruz es el signo supremo del amor de Dios. Niégate y toma la cruz de cada día = déjate amar para vivir amando.

Hay personas que, quizás, no han hecho lo que hubieran querido hacer en la vida, pero han llevado la cruz que les tocó. No les importó y amaron mientras hacían lo que les tocó. Al final lo que cuenta no son las cosas que hicimos sino la entrega/amor con que lo hicimos.

“¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida?”. El fruto grande de la vida está en aceptar, asumir y vivir la voluntad de Dios. La fe es también obediencia a Dios. Tomar la cruz de cada día es el camino de Jesús. No hay pierde. Si elegimos otro camino que no sea la cruz de Cristo es vivir bajo los riesgos y consecuencias del egoísmo. Ya los conocemos.

Con mi afecto y bendición en el mes de septiembre y siempre.
+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas

Con autorización del Señor Obispo de Zacatecas Sigifredo Noriega ¡Gracias Don Sigi!

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