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LA GRANDEZA DE LOS PEQUEÑOS
XIV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A


Hay personas que nos dejan con la boca abierta por la sabiduría de su humildad y la humildad de su sabiduría. Se nota en gestos, palabras y acciones que nos asombran porque invitan a pisar tierra y a elevarnos en las alas del espíritu. La vida nos ha puesto en el camino a personas con una sabiduría que sólo se aprende en la escuela del amor, en el trato diario, sencillo y silencioso. Hay mucha gente de este calibre en nuestro entorno familiar, escolar, laboral, lúdico, social. Basta abrir los ojos del corazón para mirar y esbozar una sonrisa pacífica y agradecida.
Hoy hablamos poco de vecinos y vecindad. Quizás porque vivimos en la ciudad y tenemos que ‘pagar piso’ por prisas, indiferencias y temores.

Quizás nos conformamos con ver a los vecinos virtuales que encontramos en las variadas pantallas que gente anónima enciende y pone a nuestro alcance. No sé si nos estamos perdiendo de lo mejor que nuestros vecinos han sembrado y cultivado en el silencio de su amor humilde, nunca protagónico. Sería una lástima si fuera así.

Al escuchar el Evangelio de este domingo de verano me imagino a Jesús mirando, con divina sonrisa, a la gente sencilla de su entorno. Seguramente le hace presente su relación filial con su Padre. Eso de “¡yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!”, suena a un grito que sale a borbotones del fondo del alma. Nos encontramos a un Jesús que está palpando la grandeza de los sencillos, la sabiduría que comparten los pequeños. No es que Jesús alabe la ignorancia, mucho menos la ingenuidad.

El grito de Jesús es el grito que reconoce las maravillas de Dios en el diario vivir de la gente sencilla. Es ésta la que no tiene problemas en reconocerle, en ver en él al Hijo de Dios, en aceptar la Buena Nueva del Reino. La fe en Jesús, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, se convierte en sabiduría porque les abre al misterio de la vida y al misterio de Dios. ¿Puede haber mayor gozo?

Después de esta exclamación Jesús se ofrece como alivio, descanso, carga llevadera. “Yo soy manso y humilde de corazón”, es la razón. La fe/aceptación/encuentro con Jesús todo lo cambia, todo lo trastoca. Donde hay amor, hay sabiduría, no hay peso; o, el peso se lleva sin que sea carga asfixiante.

No todos pueden entender este lenguaje, en aquel tiempo y en el nuestro. Menos cuando queremos hacer depender la felicidad solamente de la posesión y el uso de las cosas. Éstas son sólo medios… El factor ‘fe en Jesús’ es condición indispensable para la bienaventuranza. La actitud humilde ante Dios y ante el prójimo es el paso necesario para que nuestros saberes se conviertan en sabiduría y la pequeñez en grandeza.

Los bendigo y les deseo paz, alegría y serenidad en vacaciones y siempre.

† Sigifredo Noriega

Obispo de/en Zacatecas

Con autorización del Señor Obispo de Zacatecas Sigifredo Noriega ¡Gracias Don Sigi!

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