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EL "MUCHO AMOR"
11º. Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C


En el Evangelio de este domingo aparece el perfil de dos personas, iguales y diferentes. La primera es una mujer de mala vida en aquella ciudad, todavía sin nombre; la segunda es un fariseo 'bien portado', de nombre Simón. La primera acepta con llanto y lágrimas su condición de pecadora; Simón calibra en su corazón la condición moral de la mujer y la identidad de Jesús. La mujer, con sus gestos y su silencio humilde, se pone en el camino del perdón de sus muchos pecados; amó mucho, se le perdonó mucho, dirá Jesús a Simón. De el 'religioso' Simón no sabemos en qué terminó su relación con el comensal especialmente invitado, mucho menos con la mujer.

¿A quién nos parecemos? La parábola de los deudores nos da la pista. Como Simón, con frecuencia somos implacables con las personas que nos deben algo; no sólo si nos deben dinero. Las mismas instancias públicas, en nuestro sistema económico de corte neoliberal, se han dado mecanismos que presionan al deudor hasta que pague el último centavo. Nos parecemos a Simón que espera que la 'mujer de mala vida' pague hasta por el más escondido de sus pecados. Aplicados estos parámetros a la realidad de Dios pensamos que es un acreedor que cobra sus deudas minuciosamente, hasta el más leve de los pecados.

Jesús nos revela que Dios no es así. Al hacerse amigo de pecadores reconoce que Dios siempre busca a la oveja perdida, al hijo que se va del calor de su amor; le interesa su dignidad sobre todas las deudas. La mujer lo intuye y vierte su amor (su perfume) en Jesús, más allá de su debilidad moral. Simón no entiende (o no acepta) la dinámica del amor de Dios que demanda amor, el "mucho amor" de la entrega. Dos posturas muy diferentes. La religiosidad de Simón no llega a la vida porque no se basa en el amor. En cambio, la humilde y silenciosa confesión de la mujer pecadora 'arranca' el perdón de Dios y vuelve a la vida.

El amor de Dios se llama misericordia y ésta aterriza en el perdón gratuito de las deudas del pecado. Dios no es un acreedor implacable. Su amor misericordioso va infinitamente más allá del cálculo de nuestros méritos y del sistema métrico de nuestros pesos y medidas. El amor-perdón de Dios hay que leerlo siempre en clave de generosidad sin límites. La única exigencia del amor de Dios es el amor hasta derramar la última gota del costoso perfume. Por eso el amor es la base de toda moralidad y no al revés, como murmuraba Simón.

Celebrar el año de la misericordia es buena oportunidad para leer nuestro ser y vivir como cristianos en clave de misericordia y de generosidad sin límites. De este testimonio alegre y audaz partirá la aportación que el cristiano está llamado a dar a nuestro mundo tan preocupado de pagos puntuales y tan necesitado del espíritu del "mucho amor".

Hago la señal de la cruz sobre ustedes para expresarles el infinito amor de Dios.

† Sigifredo Noriega

Obispo de/en Zacatecas

Con autorización del Señor Obispo de Zacatecas Sigifredo Noriega ¡Gracias Don Sigi!

 

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