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Quienes leemos estas líneas somos personas capaces de apreciar la hermosura de la luz y la belleza del mundo.

No estamos ciegos. Nuestros ojos, aunque estén disminuidos en alguna forma, nos sirven para ver y vivir de una manera normal. No obstante, podemos estar padeciendo algún tipo de ceguera interior o espiritual. En la medida que nos aferramos a nuestros prejuicios, o deformamos nuestra percepción de la realidad, nos vamos quedando ciegos.

Si nos aferramos tenazmente a alguna idea o a algún partido político hasta fanatizamos, nos convertiremos en personas intolerantes, incapaces de convivir y respetar a los diferentes.

Viviendo así, nos encerramos en un mundo de ciegos o por lo menos de daltónicos que sólo aprecian lo negro y lo blanco. Cristo, luz del mundo, verdadero sol invicto, nos abre los ojos y nos ofrece el fruto del verdadero árbol del bien y del mal: su Palabra.

Fuente:

Reflexión dominical "La verdad católica"

Música: "Wonderful world"

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