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Es por demás evidente afirmar que vivimos en una sociedad divorcista. Las estadísticas que documentan el creciente número de divorcios están a la vista. Esa situación no debe mirarse con indiferencia. Las razones que explican dicho fenómeno pueden ser múltiples.

Sin embargo, a los cristianos no les es posible desatender la exigente enseñanza de Jesús en relación con el matrimonio.

La persona madura es aquella que ha aprendido a vivir una relación de donación y acogida con sus semejantes. Quien respeta la singularidad del otro y reconoce en él la presencia sacramental de Jesucristo, aprende a mitigar su desenfrenado egoísmo, se esfuerza en ofrecer, así como recibir el perdón y la reconciliación, además de buscar amar a su esposa(o) con la inquebrantable entrega que Cristo ha amado a la Iglesia.

Fuente:

Reflexión dominical "La verdad católica"

Música: "Wonderful world"

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