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No se puede vivir sin el afecto de los que amamos. Aunque la opinión de los desconocidos es menos decisiva, sin embargo no podemos desentendernos de los juicios que los demás realizan sobre nuestra persona.

Somos interdependientes y a veces el aplauso y los honores terminan por hacernos perder piso. Cuando los aplausos vienen aparejados con el poder y el dinero es más demoledora su influencia.

El relato evangélico y la existencia misma del Señor Jesús nos plantean una alternativa excepcional: valorar la propia persona en su auténtica valía y apreciar y acoger el reconocimiento decisivo que Dios otorga al final de la vida, a quienes se dispusieron a reconocerle en los rostros de los marginados, migrantes y excluidos.

La gloria y la fama que otorgan los mortales es volátil, la aprobación decisiva e infalible es la que Dios otorga a los suyos.

Fuente "La Verdad Católica"

 

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