1.- La botella del ayuno. Saborea en estos cuarenta días un poco más la austeridad. Te hará comprender y entender no solamente la solidaridad sino, además, también la caridad. Ofrece el fruto de lo que evitas comer, a los más necesitados.

2.- El libro del Evangelio. Procura allá donde vayas (en el tren o en el avión, en el paseo o en tu casa, en la iglesia o en tu momento de ocio) leer la Palabra de Dios. Sentirás que, lejos de estar sólo, Él te acompaña.

3.- La cuerda de la oración. Distraídos y preocupados por mil situaciones olvidamos frecuentemente confiar nuestras acciones, proyectos e ilusiones al Señor. ¿Cuánto hace que no hablas con Él a solas? La cuaresma es una oportunidad para recuperar la cuerda de la plegaria, el hilo conductor de nuestra relación personal con Dios.

4.- Un puñado de tierra. Para no olvidar que somos barro y que, sólo Dios, es Dios. La ceniza en cuaresma nos invita a inclinarnos, a descender del pedestal de nuestra autosuficiencia para dejar que Dios reine con todas las consecuencias en nuestra vida.

5.- Una cinta métrica. Acostumbrados a medir todo, la cuaresma nos da una oportunidad para transitar un camino: el sendero hasta la Pascua. ¿Cuántos metros estás dispuesto/a a recorrer? ¿Sólo metros de dolor? ¿Sólo metros de comodidad? ¿Sólo metros de egoísmo? La cinta métrica cuaresmal nos ofrece otra medida: el Evangelio.

6.- Un vaso vacío. Para llenarlo del Agua Viva que es Jesús.
Daremos con Él en los pequeños gestos de bondad o de diálogo, de testimonio o de verdad, de acogida y de perdón que podamos regalar a cuántos nos rodean. Una buena obra poco cuesta (a veces sí) pero provoca muchas satisfacciones internas positivas.

7.- Alimentos imprescindibles. Porque, en la Pascua, nos espera la Eucaristía. El pan que se parte y, después de ser bendecido, convertido en el mismo Cuerpo de Cristo. El vino que, traspasado por la mirada del Señor, se convierte en su misma sangre. Quitemos de la mochila de nuestra dieta ciertos caprichos empalagosos y, en su lugar, los sustituyamos por otros deleites divinos.

8.- Dos trozos de madera. Para diseñar y pensar nuestra propia cruz. Para intentar completar, como dice San Pablo, lo que falta a la pasión de Cristo. Avanzando en la cuaresma nos daremos cuenta que Cristo pudo habernos redimido sin dolor, sin cruz, sin sangre, pero que, en la cruz, nos dio la mayor muestra de su amor.

9.- La convivencia, la crisis económica que estamos padeciendo, el poder por el poder, el tener por el tener nos hace insensibles y ensucia nuestras almas, empaña nuestros deseos de eternidad. La esponja cuaresmal nos ayudará a desprendernos de aquello que obstaculiza el paso de la gracia de Dios.
Abrirá los poros de nuestra piel para que, el Espíritu Santo, nos eleve más hacia el cielo.

10.- Sandalias penitenciales. A la Pascua no podemos llegar satisfechos ni atrincherados en sendas elegidas o a la carta.
Las sandalias cuaresmales lejos de llevarnos por atajos, nos conducen por caminos verdaderos: sinceridad, conversión, humildad y escucha de la Palabra.

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