Livier Navarro Yamuni

 


Cuando la Violencia Familiar se hace presente en un hogar - ámbito que debería ser para todo el mundo el más protegido y seguro - las consecuencias finales, para quien la padece, llegan a ser destructivas, letales en la mayoría de los casos.

“La noción de Familia, cuando se transforma en un concepto abstracto y sacralizado, es el mayor obstáculo epistemológico que impide la adecuada comprensión del problema de la Violencia Familiar. Es necesario admitir que la familia puede ser un contexto nutricio, proveedor de seguridad, afecto, contención, límites y estímulos; pero también puede ser un entorno en el que se violen los derechos humanos más elementales y en el que se aprendan todas las variantes de resolución violenta de conflictos interpersonales. La dramática realidad de los casos de maltrato y abuso intrafamiliar nos confronta con aquellas idealizaciones que todavía sustenta el accionar de algunos sectores profesionales e institucionales”.

Esta “profanación” sobre el cuerpo o la psiquis de la víctima puede venir de la mano de cualquiera de los integrantes que conforman la parentela. Es un problema muy frecuente que se detecta en todos los niveles sociales, independientemente de la condición económica que posean, pero como “de eso no se habla” parecería que no existe; a lo cual, se debe agregar dos agravantes que en nuestra sociedad se han hecho carne al sentimiento de indiferencia, de irresponsabilidad y por tanto de complicidad y cobardía con el verdugo en suerte: “algo habrá hecho” y “como a mí no me sucede...”

Sin embargo, no se reduce solo a ello el problema, porque, cuando la “impasibilidad “de quien o quienes deberían tomar parte en resguardo de la víctima no lo hacen, se pone de manifiesto que existen intereses creados u otros motivos personales y, por lo tanto, este tácito consenso encubierto en el silencio, se convierte automáticamente en “sentimiento de desprecio” por la vida del otro, es decir, la de la víctima. Ésta, se encuentra sola, vigilada y controlada, por lo general sin nadie a quien recurrir; y ni hablar si está imposibilitada por alguna enfermedad o incapacidad física o mental. Es allí, cuando el ensañamiento del “ejecutor” - ejerciendo fuerza y poder - hace cada día de sus abusos una crueldad mayor hasta desembocar inexorablemente en el peor desenlace, en la muerte de quien la padece.

Como la víctima se encuentra “sentenciada a muerte” por “ dictamen superior y legítimo”; quien oficia de verdugo la hace recorrer cuantas veces le venga en ganas el “pasillo de la muerte”. La única posibilidad que existe para “conmutar” la sentencia dictada a través de los golpes, está en la acción directa y urgente a manos de la Justicia, en primer lugar.

Claro, siempre y cuando la balanza se incline sin tapujos a favor y resguardo de quien pide ayuda a gritos entre las cuatro paredes de su hogar... antes de ser sepultada.

Fuente

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