1.- Reza, cada Padrenuestro,
sabiendo que Dios te invita a ser como María; a ser oyente
de su Palabra; a dar testimonio de tu vida cristiana.
Tus buenos pasos deben de ser cuentas añadidas
al Santo Rosario.

2.- Desgrana cada Ave María
con el convencimiento que, cada vez que repites un Ave María,
es un decir “te quiero” a la Virgen María. ¿Sirve decir te amo
si luego no lo demuestras?

3.- Cuando finalices el misterio con el “gloria” ponte de pie
y, en esa postura, da gracias a Dios por la vida y por la fe,
por ser el Creador de todo.

4.- En cada misterio de gozo piensa
en lo distinto que hubiera sido el mundo sin la Encarnación
de Cristo. Ofrécelos por los niños no nacidos. Por los que
han perdido la esperanza y la fe. Por los que, lejos de estar
perdidos en el templo, se han perdido por las calles del mundo.

5.- En cada misterio de luz recuerda
que, la vida de Cristo, es una llamada a la conversión
y al seguimiento. Rezar el rosario exige caminar por la vida
como hijos de la luz, regresando de nuestras tinieblas
y llamados a fortalecer nuestra existencia con la Eucaristía.

6.- En cada misterio de dolor no olvides
los sufrimientos de la humanidad. No hay esquina sin cruz,
personas que no hayan sufrido decepciones o traiciones,
proyectos coronados con las espinas de la mala suerte,
caídas y alzadas. No olvides que, en el horizonte,
aguarda la cruz como semilla de Redención.

7.- En cada misterio de gloria,
da gracias a Dios por el don supremo de la Resurrección.
Porque, su único Hijo, supo obedecer hasta el final para que
nuestra vida no conociera el ocaso permanente. Reza por
los que han muerto con fe y esperan la resurrección.
Por los que no se dejaron llevar por el Espíritu
y vivieron de espaldas a Él.

8.- Glorifica a Dios con tu palabra y con tu obra.
Como María, en su Asunción, también estás llamado a descubrir
la escalera que une el cielo con la tierra. Un día, por tu fe
y por la grandeza de Dios, estás llamado a compartir
su misma suerte: la eternidad.

9.- No te afanes tanto por los trofeos del mundo
y sí por los del cielo. La figura de María, coronada en el cielo,
refleja el premio y el reconocimiento a su fidelidad. Suplicar
con el rosario es saborear las horas grandes de la Virgen
para que, con su intercesión, la imitemos y alcancemos
un día la corona que no se marchita.

10.- Al desmigajar las letanías a la Virgen María,
hazlo con sentido y con admiración. Todo lo que dicen,
es verdad. No son simples piropos. Son verdades que,
el pueblo cristiano, las damos como ciertas. Son sentimientos
que salen desde lo más profundo del alma. Las letanías
son oración de alabanza que saben a poco para que tanto hizo: María!

 

 

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